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¿Tienes una idea para una novela? Bienvenido a las legiones de personas que también tienen una. Parecería que encontrar una idea para una novela es el paso más importante. Creemos que el bloqueo creativo que supone no tener una idea para escribir es como una presa. Tener una idea debe de ser como abrir la compuerta; de inmediato la historia, contenida al otro lado de la presa, comienza a fluir con fuerza, nuestros dedos se ponen en movimiento y la pantalla del ordenador se va llenando de líneas y más líneas de texto, ¿verdad? Pues no.

 Hay un montón de gente que tiene una idea para una novela. La inmensa mayoría jamás se pondrá manos a la obra. Siempre habrá asuntos más urgentes que atender. Otros empezarán a escribir, se quedarán atascados, llegarán a la conclusión de que escribir no era tan fácil como pensaban y abandonarán a medio camino o incluso antes. Una minoría conseguirá acabar la novela con resultados mediocres. Una minoría selecta terminará por haber convertido su idea en una buena novela, o incluso excelente.

¿Por qué unos desarrollan una idea hasta crear una novela mediocre mientras que otros, con una idea similar, escriben una buena novela? Porque los primeros no tienen el respaldo de una buena cantidad de lecturas de calidad ni han estudiado el oficio. Este es un oficio que se estudia. No hay nadie que diga “he visto centenares de edificios. Voy a construir uno” o “he visto muchísimas mesas. Voy a hacerme una de caoba con incrustaciones”. Sin embargo, hay muchas personas que dicen “he leído docenas de novelas. Ya sé cómo va esto de escribir. Voy a escribir una novela”.

Y es que esto no funciona así. Haber leído obras de calidad es condición necesaria, pero no suficiente, igual que haber comido muchas veces en buenos restaurantes no te capacita para ser chef. Por el contrario, si has estudiado para chef y vas a comer a un buen restaurante, tienes los conocimientos necesarios para hacerles una “radiografía” a los platos que te sirven y conjeturar cómo se han elaborado. Y, tal vez, “robar” ideas para mejorar tus propios platos.

Conocer las técnicas de los escritores nos permite leer como escritores y ver cómo resuelven otros las tramas y construyen los personajes; nos permiten estudiar a los grandes. Pero muchos autores noveles se embarcan en la escritura de una novela armados tan solo con una idea y con la intuición que surge de haber visto y leído de docenas de películas y novelas. Ese haber estado expuestos a historias desde la infancia es una herramienta poderosa del escritor, pues de ese modo ha interiorizado, de forma más o menos consciente, temas universales, argumentos comunes, estructuras narrativas y personajes arquetípicos. Pero pertrechado tan solo con esa intuición y sin las herramientas del oficio, lo más seguro es que el resultado de nuestra idea no vaya más allá de componer una amalgama de tópicos o clichés desgastados y manoseados hasta el aburrimiento.

Ideas las hay a céntimo el manojo, no valen casi nada. Ya hemos estudiado de dónde salen las ideas. Están por todas partes: en cosas que lees, en películas que ves, en conversaciones que espías, en cosas que te pasan, en tus intereses, en tus aficiones, en las grandes preguntas que te haces… E, incluso, a veces saltan a la luz de tu mente como surgidas de la nada. Lo que nos interesa saber ahora es qué es una idea exactamente, porque el concepto no suele estar claro y es importante comprenderlo.

Muchos confunden idea con argumento y se quedan paralizados antes de empezar a escribir al creer que una idea es algo mucho más complejo de lo que en realidad es. La idea no es el argumento. Un argumento viene a ser un esqueleto de la historia, una sucesión cronológica de los eventos que suceden en una novela, desde el principio hasta el fin, orden que no necesariamente será el que tenga la obra acabada. Pensemos en películas como Memento, donde la historia está contada al revés: comienza por la última escena y se va remontando hasta la primera. Si hemos visto la película y nos piden que contemos el argumento, lo más probable es que empecemos por el principio y acabemos por el final. Si la contamos tal como la hemos visto (en orden inverso) lo que conseguiremos será confundir a nuestro interlocutor.

La idea no es, ni mucho menos, la trama, que viene a ser como el esqueleto revestido con sus órganos y sus músculos. Faltan la piel y el pelo, el toque estético que se lo dará nuestro estilo. La trama es la suma de todas las escenas en el orden final de la obra acabada, más los escenarios donde se desarrolla la novela y sus significados, más los personajes y sus motivaciones, más las historias secundarias o subtramas que se entremezclan con la trama principal siendo relevantes para el avance de la historia y enriqueciéndola. Es algo mucho más complejo que el mero argumento.

Por otro lado, podemos pecar por defecto pensando que la idea es menos de lo que realmente es. Podríamos confundirla con el tema. El tema se expresa en muy pocas palabras que tal vez ni siquiera forman una oración completa. El tema es el concepto universal que en última instancia trata de transmitir el escritor.

Ejemplos de temas son: los obstáculos al amor (Romeo y Julieta), impotencia frente al destino (Edipo rey) remordimiento y expiación (Crimen y castigo), la venganza (Moby Dick), el triunfo de la justicia (la mayoría de las obras policíacas), las consecuencias de los celos (Otelo) y un sinfín de otros como la importancia de la amistad, el triunfo de la voluntad y un largo etcétera, aunque Juan Rulfo decía que en la literatura “no existen más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte”.

El tema viene a ser como la justificación de una novela, el por qué de su existencia, su propósito al existir. Es importante saber qué tema queremos tratar, porque si no el lector quedará un poco insatisfecho al final, como cuando a uno le cuentan una historia pero no se sabe muy bien adónde quiere ir a parar el narrador, como si estuviese hablando por hablar, para matar el tiempo.

Es un error hacer explícito el tema, decirle al lector, como si fuera tonto, “el tema de esta novela es la redención del protagonista”. El tema debe deducirse de la trama, y el lector lo captará de forma más o menos consciente. Y también captará la ausencia de un tema, tenlo por seguro.

La idea tampoco es la estructura, que es el andamiaje básico de la trama y constituye la ordenación de los sucesos que acontecen en la novela con el propósito de provocar un impacto concreto en el lector. Por ejemplo, tenemos la clásica estructura en tres actos con un planteamiento, un nudo y un desenlace. Un mismo argumento puede tener un impacto diferente según cómo lo estructuremos. Pero la estructura da para otro artículo completo.

Quien tiene una idea para una novela o relato no tiene ni siquiera un esqueleto, porque aún no tiene ni argumento, ni trama, ni tema, ni estructura. Entonces, ¿qué forma tiene una idea? Pues se parece un poco a la sinopsis, que es un argumento muy, muy reducido. Digamos que una idea no llega ni siquiera a ser una sinopsis. Se expresa en una sola oración, dos a lo sumo, y podría detectarse porque delante podemos ponerle ¿qué pasaría si…? Acudamos una vez más a los clásicos en busca de ejemplos.

¿QUÉ PASARÍA SI…

  • …un hombre viejo, ávido lector de libros de caballerías, pretendiese llevar a la realidad las fantasías que ha leído? (Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes).
  • …me invento un pueblo que no existe y cuento la historia de siete generaciones de una familia que vive en él? (Cien años de soledad, Gabriel García Márquez).
  • …un hombre maduro se enamorase hasta la obsesión de su hijastra de doce años? (Lolita, Vladimir Nabokov).
  • …por un cataclismo cósmico el mundo y sus seres empezasen a convertirse en cristal? (El mundo de cristal, J.G. Ballard).
  • …un poderoso vampiro pretendiese subyugar a toda la humanidad? (Drácula, Bram Stoker).
  • …un cirujano consiguiese crear un ser humano con diversas partes de cadáveres y darle vida? (Frankenstein, Mary Shelley).
  • …un pescador viejo, tras una mala racha, sale solo a pescar y tiene que luchar durante tres días para atrapar un enorme pez espada? (El viejo y el mar, Erenest Hemingway).

A eso se parecen las ideas para novelas. Las anteriores son hitos de la literatura, y aun así sigo opinando que las ideas por si mismas no tienen mucho valor. ¿Por qué? Imagina la última, la de El viejo y el mar. Esa idea la tomamos cualquiera y escribimos un cuento de aventurillas en el mar que no nos da más que para unas cuantas páginas. Pero un genio de la talla de Heminway, con la misma escuálida idea, creó una obra maestra, llena de profundidad y significado.

Entonces, ¿tienes una idea para una novela? Fantástico, ya tienes hecho el 1% del trabajo, o tal vez menos. Ahora tienes que crear un argumento, es decir, llevar esa idea hasta su desarrollo en el tiempo. Luego tendrás que “espesar” ese argumento creando una trama: localizaciones, motivaciones de los personajes, subtramas, división en escenas, ordenación de esas escenas, etcétera. Luego tendrás que aplicarte a escribir con un buen estilo. ¿Te abruma todo ese trabajo? Desde luego, escribir bien no es para cualquiera, pero si otros lo han hecho, tú también puedes.