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LAS 22 REGLAS DE PIXAR (QUE NO SON DE PIXAR EN REALIDAD), ANALIZADAS

Por Stephan Vladimir Bugaj.

Regla 19

Que haya casualidades que metan en problemas a tus personajes es genial. Que haya casualidades que los saquen de ellos es hacer trampas.

En esta regla hay una gema, un consejo excelente: en el drama todo funciona mejor si la motivación del protagonista, sus decisiones y sus actos lo meten en problemas y lo sacan de ellos. Punto.

Todas las casualidades son menos que óptimas. Sin embargo y hasta cierto punto, aparecen en todas las historias.

Cuando se usan para meter en problemas a los personajes se las perdona mejor, simplemente, porque el público se ve envuelto en el nuevo conflicto y sus consecuencias. Cuando se usan para sacar de los problemas a un personaje, el resultado será que la tensión se desinfle y que el público tenga tiempo para detenerse y reflexionar sobre lo timado que se siente por el hecho de que un momento de tensión lo haya resuelto el destino en lugar de una decisión del personaje.

Las casualidades para meter en problemas a los personajes se perdonarán si el público está emocionalmente inclinado hacia el personaje, dado que eso es lo que le hará subir a bordo del nuevo conflicto y que se preocupen menos por cómo se suscitó.

Pero no puedes hacer esto de forma demasiado descuidada, excesivamente a menudo o, peor aún, de forma que socave el interés del público en el personaje.

Como un ilusionista, si muestras tu mano con demasiada claridad el público verá el truco cuando de otro modo lo que habría hecho es simplemente relajarse y disfrutar del espectáculo.

Las casualidades patentemente torpes, incluso para meter en problemas al personaje, son material para parodia, como por ejemplo hacer que un héroe diga “¡ojalá viniese la policía!” y que un segundo después entre de golpe un destacamento de policías y apunten con sus armas al héroe en lugar de al villano. En esa escena el escritor usa la casualidad para poner en peligro al héroe e incrementar lo que está en juego, pero de esa forma tan obvia el público verá el truco en lugar de disfrutar de la magia.

Del mismo modo, si cada vuelta de tuerca de la tensión se debe a un accidente, el público se cansará pronto.

La gente empatiza con alguien que se mete en problemas porque, haga lo que haga tratando de hacer lo correcto, sus actos siguen explotándole en la cara.

El público se muestra por lo general menos entusiasta con alguien que se ve arrastrado de forma pasiva hacia el conflicto por las acciones de otros personajes y por accidentes de tiempo y lugar. Las muy raras excepciones implican usos inteligentes de tropos de efecto cómico o paranoico (e incluso entonces el público seguirá queriendo que al menos algunas de esas “casualidades” sean resultado del desmañado protagonista intentando encontrar una salida de la “máquina de consecuencias” en la que se ha visto atrapado).

Incluso si usas tus casualidades en escasas ocasiones, una elección desacertada con respecto a los detalles de una casualidad puede minar lo que al público le gusta más del personaje y hacer que se aquel se desconecte. Esto es especialmente cierto si la elección va en detrimento de un rasgo de personalidad del personaje más que de una mera habilidad.

Por ejemplo, si tienes un personaje que has ido construyendo para que se muestre como bravucón y lo pones en una situación en la que su bravuconería debería causarle más problemas, pero en lugar de eso lo metes en problemas mediante una casualidad, la habrás pifiado.

Digamos que tienes un delincuente de poca monta y fanfarrón que es llamado a presencia de un jefe de la mafia. El público quiere que su fanfarronería acerca de lo duro que es lo meta en alguna clase de problema aquí, como por ejemplo que el jefe se tome en serio el que sea un tipo duro y lo envíe a cometer un asesinato.

Pero si en vez eso haces que el jefe le dé el trabajo a un sicario y le diga “llévate a uno de mis chicos” al tiempo que entra en escena tu delincuente de poca monta, y el sicario le diga “tú, vámonos”, le habrás entregado a un fanfarrón el momento que merecía un personaje desgraciado.

Al hacer esto habrás minado un rasgo interesante que enganchó a tu público con el personaje. No llevar a cabo el pay-off del set-up de ese personaje hará que pierdas al público para siempre, incluso si solo lo has hecho una vez.

Usar casualidades para sacar de problemas a los personajes es hacer trampas especialmente si la casualidad impide un acto motivado del personaje.

Si un personaje es emboscado de forma aleatoria por un oponente armado, huye para ponerse a cubierto, es perseguido, acorralado y luego, antes de que tu héroe pueda siquiera desenfundar su arma, un autobús atropella al atacante… eso no es satisfactorio. El héroe no tuvo que emprender ninguna acción, ni siquiera algo que lo empujase hasta la situación fortuita.

Pero si el personaje emprende una acción que lo lleva a una situación fortuita, estás regresando a terreno perdonable. Eso empieza a percibirse más como buena suerte en lugar de como una completa casualidad.

De hecho, los set-ups y los pay-offs son, básicamente, cadenas de casualidades: antes en el film estableces algo aparentemente sin relación con el resto de la trama, y más tarde resulta ser justo lo que el protagonista necesita.

Por ejemplo, digamos que en un thriller de policías estableces que hay una convención sobre apicultura en un palacio de congresos en el centro de la ciudad el fin de semana que viene.

Más tarde, casualmente el héroe averigua que el villano es alérgico a las abejas.

Más tarde aún, según el villano está pisándole los talones al héroe y a punto de ganar, este recuerda la convención y, en un último esfuerzo desesperado para escapar de una derrota segura, canaliza la acción hacia el palacio de congresos. Patea las colmenas y deja que las abejas hagan el trabajo en su lugar.

Es una casualidad que haya abejas y un villano alérgico a ellas en la misma historia de policías, eso sin tener en cuenta que la acción tenía que ser, precisamente, el fin de semana de la convención de apicultura. Pero el público ―potencialmente— lo considerará ingenioso más que fruto de la casualidad (siempre que se haya hecho con la suficiente finura) porque la decisión de un personaje cerró el círculo.

Set-ups y pay-offs son una de las mejores herramientas del dramaturgo. Salir airoso usando las casualidades necesarias para que funcionen tiene mucho que ver con el grado de cuidado y finura que emplees al construirlas.

En verdad, solo puedes salir airoso usando casualidades cuando una decisión notable del protagonista le ha conducido directamente hacia ellas. A pesar de que a menudo es mejor que las decisiones y los actos sean los que conduzcan a consecuencias directas, a veces funciona mejor una cadena de casualidades ingeniosa y bien construida.

Al igual que cuando se usan las casualidades para meter en problemas al personaje, las que los sacan de ellos son más deplorables si son excesivamente obvias, demasiado frecuentes o mal calculadas y puestas en escena de un modo tal que socaven los momentos de gloria del personaje.

El ejemplo más infame se da cuando la casualidad torpe se presenta durante la conclusión de la historia, un problema tan deplorable, y a la vez tan común, que tiene su propio nombre técnico: deus ex machina.

El término se traduce como “dios en la máquina” y básicamente significa “algún actor externo e invisible (en última instancia, el escritor) resuelve todos los problemas del protagonista en su lugar”.

Muchas historias, de otro modo interesantes, se han arruinado por completo con finales del tipo deus ex machina en los que el personaje principal es desplazado de la acción central del clímax por actores externos que lo resuelven todo por ellos.

Un ejemplo particularmente infame y frustrante es la entidad informática denominada realmente Deus Ex Machina en Matrix Revolutions: un Dios literal en una máquina literal irrumpe y resuelve por él todos los problemas de Neo.

Cuando la casualidad resuelve la historia entera, una alusión a que los actos del personaje la han motivado no es suficiente. El drama es dramático porque los protagonistas salvan el día cuando Dios no puede hacer el trabajo (o mueren intentándolo en una tragedia), no al revés.

En esencia, lo que trata de decir esta regla es que las motivaciones de tu protagonista, sus decisiones y sus actos deberían ser siempre lo que los mete en problemas y los saca de ellos, y que cualesquiera casualidades involucradas deben estar motivadas por tales decisiones.


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